Prólogo
Agosto de 1930.
El interior del tren, normalmente gris
y apagado, está hoy animado porque es domingo.
Los jóvenes, vestidos a la última moda,
se alinean luciendo colores de tonos frescos.
Las 11 de la mañana en pleno verano. La
radio de la mañana decía que se espera que por la tarde supere los 30 grados.
Previendo que haría cada vez más calor,
yo, vestido con un traje negro, estaba encogido en el fondo del asiento.
El interior del vagón está abarrotado,
pero nadie se acerca a mí.
No es por el calor de las mangas
largas… Las personas que caminan buscando un asiento libre, en cuanto ven ‘lo
que tengo en las manos’, bajan la mirada con aire compasivo y se alejan.
Pronto el tren llegará a la estación de
Oofuna.
Ellos y yo descendimos en esa estación
formando un conjunto desacompasado y poco coherente.
El anuncio por altavoz que avisaba del
transbordo, entremezclado con ruido y cortado a ratos, en su afán de ser amable
más bien hacía que todos apresuraran el paso.
Una chica me adelantó en el puente
peatonal sobre las vías.
El calor corporal que se percibió al
cruzarnos era intenso, y hacía sentir el verano que cae sobre todos por igual.
Por la ligereza de sus pasos se podía
adivinar que la chica había encontrado algo más divertido que el calor del
verano.
La chica se lanzó corriendo hacia el
andén de la vía 3 en dirección descendente, el mismo destino que el mío…
El tren arrancó con la falda de la
chica que saltó a bordo todavía atrapada en la puerta.
Yo ya me había resignado desde hacía
rato y bajé al andén con un paso lento.
Las vías, rozadas por las ruedas, se
ablandaban y el aire, cargado de calor, parecía ondular y deformar el entorno.
En un paisaje así, en pleno verano, yo
me había quedado atrás, solo.
Perder el tren así era algo que me
ocurría con frecuencia.
Porque en mi día a día no tenía asuntos
tan urgentes, ni era alguien tan favorecido por el tiempo como para vivir
apremiado por él.
Cuando me di cuenta, estaba ‘dejado
atrás’. Siempre soy ‘dejado atrás’. Si los jóvenes de hace un momento vieran
esta escena, seguramente la sentirían vacía y triste.
Después de soportar el calor durante un
rato, el siguiente tren entró en la estación.
Dentro del vagón, personas de todas las
edades, hombres y mujeres, estaban alegres y había aún más bullicio que antes.
Y eso se debe a que esta línea conduce
a Kamakura.
Kamakura, en la prefectura de Kanagawa,
la antigua capital fundada por Minamoto no Yoritomo y que dio nombre a toda una
era, es hoy un destino turístico.
A medida que uno se acerca a Kamakura,
el bosque se vuelve más frondoso y se dejan ver aquí y allá tejados
triangulares de estilo antiguo.
Se dice que este paisaje se originó
cuando, en tiempos antiguos, los poderosos de la época buscaron templos
funerarios para su propio descanso espiritual y alinearon monasterios alrededor
del santuario Tsurugaoka Hachimangū.
Hoy, aquellas plegarias se han cubierto
de musgo, y las razones por las que la gente se dirige a Kamakura son variadas.
Al poco rato, dentro del vagón se
escucha el anuncio: ‘Kamakura, Kamakura’.
Las mujeres, mirando por la ventana,
comentaron lo agradable que estaba el día.
Los jóvenes indicaron la dirección que
tomarían y comentaron que se dirigían al mar.
Me senté con las flores budistas sobre
las piernas, mirando al suelo.
Y entonces …
Un chirriante silbato retumbó en mis
oídos. Mi cuerpo se inclinó de golpe ante el frenazo.
¡Bang! La ventana del conductor recibió
un fuerte impacto.
“Eso”, se deslizó bajo el transporte y
pasó rodando justo a mis pies.
Las ruedas de hierro arrancaron la
carne de “eso” con facilidad y destrozó sus tendones.
“Eso”, dejó de respirar solo después de
que el transporte se detuvo por completo.
El tren se detuvo a mitad de la
estación de Kamakura… sin llegar a su posición habitual de parada.
La ventana del conductor estaba rajada,
y en su parte inferior se veía sangre roja brillante.
El aire se llenaba del olor a metal. El
olor de las ruedas chamuscadas por el frenazo flotaba en el aire, y en este
instante no sería raro confundirlo con el de la sangre.
Una mujer se tambaleó, afectada por un
mareo repentino. Un anciano acariciaba un sencillo rosario. Los jóvenes se
miraron entre ellos con el rostro pálido.
El niño, ajeno a todo, extendía la mano
hacia las mariposas que danzaban fuera de la ventana.
Continué con la mirada baja, observando
mi sombra inmóvil, sin el menor atisbo de movimiento.
Dos autobuses estaban detenidos en la
plaza frente a la estación de Kamakura.
Uno era un autobús turístico que
recorría la vieja capital; el otro, un autobús de Keikyū que daba servicio a
los barrios residenciales.
Tomé el autobús de Keikyū rumbo a
Tachiarai.
El autobús turístico del otro lado
estaba repleto, pero este iba casi vacío, y los pocos rostros visibles no
tenían nada de bullicio ni de aire mundano.
En cuanto tomé asiento, el autobús se
puso en marcha con un tirón.
Al alejarnos de la estación de
Kamakura, el autobús se internó en la zona montañosa, dejando a un lado el
santuario Tsurugaoka Hachimangū.
Una brisa fresca se coló por la ventana
abierta y, al fin, pude tomar una profunda bocanada de aire.
Tras el atropello, nos liberaron antes
de lo que era de esperar.
Según dijeron, el cuerpo fue arrollado
de una vez por la inercia, sin quedar atrapado en las ruedas, y la recogida se
llevó a cabo de manera relativamente ordenada.
Dentro de lo que cabe en un atropello,
podría decirse que fue “afortunado”, pero ni siquiera así se evitaron las
burlas crueles de algunos pasajeros…
Después de dejar las flores budistas en
el andén, mis manos quedaron sin saber qué hacer. En su lugar, entrelacé los
dedos sin pensarlo y los apoyé sobre las rodillas.
Después de unas seis paradas, me bajé
en la parada Jōmyōji-mae. Fui el único pasajero en descender, y el autobús
retomó la subida por la cuesta.
Una vez que el autobús desapareció, lo
único que llenó el aire fue el incesante clamor de las cigarras.
Tras atravesar la puerta y subir los
escalones de piedra, el templo apareció a la derecha, mientras que a la
izquierda se extendía un cementerio escalonado.
En el punto de agua estaban colocados,
en orden, los cubos de madera y los cucharones. Entonces noté que uno de ellos
seguía húmedo, como si alguien lo hubiera usado hacía poco.
Al parecer, no había sido el único en
venir a presentar sus respetos.
Usé ese mismo cubo para preparar el
agua y retomé la subida por los escalones de piedra.
De forma inquietante, la lápida ya
estaba limpia. Las hierbas de alrededor habían sido arrancadas, y en el aire
persistía todavía el aroma fresco de lo recién cortado.
En el incensario horizontal aún
quedaban cenizas de inciensos recién apagados, y en las demás tumbas también se
habían dejado, con cuidado, tres varillas en cada una.
Era un cementerio común: según se
decía, una familia había reunido aquí, tiempo atrás, los restos de los suyos en
una sola sepultura.
Mi única pariente de sangre había sido
mi abuela, ya fallecida; mis padres y hermanos habían muerto hacía mucho.
En otras palabras, por poco y habría
haberme cruzado con alguno de los otros familiares que yacen aquí…
Me volví hacia el horizonte. La vista
era hermosa: desde allí se dominaban el sendero por el que había venido y la
costa de Shōnan.
Kamakura se asienta en una especie de
cuenco natural; este punto se halla en la ladera de esa formación.
Las copas de los árboles se agitaron, y
pude ver cómo el viento del mar trepaba veloz entre el bosque.
A pesar de llegar con una rapidez
sobrecogedora, el viento al tocarme fue sorprendentemente suave, como si me
acariciara el flequillo.
Y entonces, de pronto, lo recordé. En
el tramo de hace un momento, cuando me dirigía a la parada de autobús de
Jōmyō-ji, me crucé con un coche que regresaba a la estación.
Quienquiera que hubiera ido a visitar
la tumba, seguramente volvió en ese coche.
Eso es… sí, si no me hubiera topado con
el accidente.
Si hubiera corrido por el puente sobre
las vías, podría haber tomado el tren anterior.
Al mismo tiempo, puede que aquella
persona también estuviera yendo a la tumba.
A menudo veía incienso aquí y podía
percibir la presencia de alguien, pero nunca antes la había sentido tan cerca.
Fue una pena. Es lamentable. Me
gustaría encontrarme con esa persona al menos una vez.
Esa persona arrancaba la hierba,
limpiaba la lápida y ofrecía incienso, pero no dejaba flores. Por estos hábitos
repetidos, debía ser la misma persona, ya fuera un par de personas o incluso
solo una.
No hay siquiera estelas funerarias; las
tumbas de este tipo de lápidas sin adornos son visitadas por familias que no se
conocen entre sí.
Lo único que sé con certeza es que,
además de mí, hay alguien más que encuentra consuelo en esta tumba…
……………………………………………………………………………………………………….
Año 20 de la era Shōwa (1945)
Año 1945, hace diez años a partir de
ahora.
Desde la región de Keihin, los B-29
lanzaron bombas incendiarias sobre Tokio y Kanagawa.
En Kanagawa, los daños se denominaron
incendio aéreo de Fujisawa, de Yokohama y de Kawasaki, mientras que en el
centro de Tokio a toda la serie de destrucciones se le llamó el Gran Incendio
Aéreo de Tokio.
Hiratsuka, donde vivía con mi abuela,
fue bombardeada en julio de ese mismo año, dejando numerosas víctimas.
En Hiratsuka se concentraban industrias
aeronáuticas civiles, y se dice que el ataque aéreo tenía como objetivo las
fábricas de material militar.
Incluso las fábricas de cuerdas de
cáñamo y las de hielo fueron consideradas como apoyo militar para el transporte
del ejército; en la práctica, el bombardeo fue indiscriminado.
Esa noche, yo me encontraba en medio
del caos.
Diez años después de la guerra, todavía
puedo evocar en mi mente el color del cielo nocturno y las llamas de aquella
noche…
Mi casa se había incendiado, y ahora
vivía de alquiler en el barrio de Suga, a un breve paseo desde la estación de
Hiratsuka.
Por suerte, esta casa de dos pisos se
había salvado de los bombardeos. El propietario vivía en la planta baja, y en
la planta alta alquilábamos habitaciones yo y un estudiante universitario.
Con los vecinos nos separaba solo un
panel corredizo; éramos prácticamente extraños que a veces nos cruzábamos y nos
saludábamos en el pasillo. Era una habitación de seis tatamis, tranquila y sin
complicaciones, que costaba 2,000 yenes al mes.
Ōsaki: - He vuelto.
Casera: - Ōsaki-san, bienvenido.
Casera: - Debe de tener mucho calor con
ese traje.
Ōsaki: - He vuelto caminando debajo de
las sombras.
La casera estaba barriendo. Me senté en
un rincón de la entrada para no molestar y me puse a atarme los cordones de los
zapatos.
Al mirar de repente a un lado, me
encontré con un par de zapatos de un color familiar. Eran los de Shinkiba -san.
Casera: - Le serví algo, ¿estuvo bien?
Ōsaki: - Si.
Casera: - Y encima me ha dado un
estuche de dulces con tanta cortesía… permítame agradecerle.
La escalera al segundo piso crujía, y
con ese sonido seguramente se dio cuenta de que había llegado. Al cerrar el
libro con cuidado, como si lo estuviera arropando para dormir, fijó su atención
aquí.
Shinkiba: - Vine a molestarte.
Ōsaki: - ¿Cuándo llegó?
Shinkiba: - Enseguida de que saliste.
El reloj de pared marcaba las cuatro de
la tarde. Entonces, lo he hecho esperar casi medio día, ¿no?
Ōsaki: - Discúlpeme.
Shinkiba: - No hay de que. Me sentía
tan a gusto que no pude evitar relajarme.
Shinkiba: - Aun así, sigues siendo tan
ordenado como siempre… ni siquiera hay un cesto de basura en la habitación.
Ōsaki: - ……
Una ráfaga de viento recorrió el
exterior.
El sonido de la campana de viento del
vecino llegó hasta allí, y Shinkiba-san volvió a sonreír.
Shinkiba: - ¿Qué te llevó a Kamakura
hoy?
Ōsaki: - A visitar una tumba.
Shinkiba: - Ah, muy pronto será el
Obon. (Obon es una festividad de culto a los antepasados que tiene lugar del
13 al 16 de agosto en Japón. Es una tradición semirreligiosa que honra a los
espíritus de los antepasados fallecidos, en México, sería equivalente al Día de
los muertos)
Ōsaki: - Ese día tengo trabajo, así que
aproveche en ir un poco antes.
Shinkiba: - Bueno, lo siento mucho por
eso.
Shinkiba: - Y ya que estoy
disculpándome, hay una cosa más.
Su voz se tornó apagada, justo cuando
estaba por quitarme los guantes. Como si fuera un presentimiento, me detuve en
seco.
Ōsaki: - ¿Es un pedido urgente?
Shinkiba: - Siento mucho que sea tan
repentino …
Shinkiba: - Después de esto, si no
tienes nada que hacer, hay un lugar al que me gustaría que vinieras conmigo.
Ōsaki: - Por supuesto.
Incluso ante esta respuesta tan seria y
formal, Shinkiba-san esbozó una sonrisa amarga, como si se sintiera culpable.
Shinkiba: - Te daré los detalles en el
auto.
Hoy es domingo, día de descanso.
A pesar de decir que era - un encargo
urgente que no podía esperar hasta el lunes-, caminar con parsimonia era propio
del carácter de Shinkiba-san.
Fuera cual fuera el caso que tuviera
delante, él no cambiaba el gesto y era capaz de mantener siempre un aire
calmado y sosegado.
Solía decir que una mente que no se
altera es una cualidad necesaria para un “detective” y, por extensión, para la
gente moderna. No, quizá aquello fuera más bien un lema que adoptó después de
que el médico le dijera que caminar deprisa le hacía mal a la espalda.
El coche Shinkiba -san también, como
él, empezó a avanzar lentamente.
Shinkiba: - Hoy Kamakura estaba
especialmente concurrida, ¿verdad?
Shinkiba: - Y eso es porque estamos en
vacaciones de verano.
Después de aquello, además de seguir el
ejemplo de mis antepasados, limpié con cuidado la lápida y busqué flores
silvestres para colocarlas ante la tumba.
Era solo una forma de matar el tiempo
para evitar el gentío frente a la estación, pero entre unas cosas y otras acabé
regresando tarde.
El coche avanzó junto al río,
dirigiéndose de Fujisawa hacia Tokio.
Los días de verano son largos y aún hay
luz, pero el calor ya había remitido y en el ambiente flotaba una humedad
suave.
Ōsaki: - Entonces, ¿de qué se trata en
encargo?
La charla trivial se interrumpió. Desde
hacía un rato, Shinkiba-san parecía dudar sobre cómo sacar el tema principal.
Shinkiba: - ……
Animado por mí, empezó a relatar el
asunto con calma, eligiendo cuidadosamente las palabras.
La sonrisa se desvaneció y, de vez en
cuando, se le escapaba un suspiro. El encargo que relató tenía un contenido un
tanto peculiar.
Era un encargo verdaderamente extraño,
que se ramificaba en numerosas digresiones, pero que se detenía justo antes de
cruzar la frontera de lo verdaderamente inquietante…
En una abertura del largo muro lacado
se alzaba una puerta de gran prestancia y solemnidad.
Shinkiba-san me dejó bajar allí a mí
solo y luego se marchó a dejar el coche en algún lugar. Me sorprendió lo bien
que se desenvolvía al volante, como si conociera la zona a la perfección.
Quedándome solo, alcé la vista hacia la
entrada. Al otro lado del portón se distinguían tejas negras y la copa de un
pino que había crecido imponente.
Todo era de un tamaño que imponía
respeto; me resultaba imposible imaginar qué clase de persona podría vivir
rodeada de algo así.
Entonces, quizá al haber oído el sonido
del coche, desde el interior del portón se acercaron unos pasos que hacían
crujir la grava.
Bajé la barbilla y me preparé.
Al poco tiempo apareció un hombre
vestido con un elegante traje de luto.
Ōsaki: - Encantado de conocerlo. Soy
Ōsaki, de la agencia de detectives Shinkiba.
Shizuma: - Ah …
Ōsaki: - Siento mucho llegar tan tarde.
Shizuma: - Ah, no …
Shizuma: - ……
Ōsaki: - ……
Shizuma: - ……
Me mira fijamente. Le regreso la mirada
también.
Llevaba el flequillo peinado hacia
atrás con pomada, y las puntas del cabello caían hacia las sienes.
Si era intencional, resultaba frívolo;
si era inconsciente, daba una impresión de timidez.
El pasador de corbata aparentaba ser
sencillo, pero probablemente era una pieza extranjera de gran calidad.
Su estatura era apenas un poco menor
que la mía, o quizá exactamente la misma.
Y así, como buen detective, me puse a
observar sus rasgos.
Al principio apareció con una mirada
inquieta, pero a medida que cruzábamos las miradas, fue enderezando la espalda,
como si se le hinchara el pecho. Al relajar la tensión del entrecejo, dejó
asomar una sonrisa de alivio.
Shizuma: - ¿Dónde está Shinkiba-san?
Ōsaki: - Fue a estacionar el coche.
Shizuma: - Gracias por las molestias.
Permítame presentarme de nuevo: me llamo Shizuma Daiba.
Ōsaki: - Mucho gusto.
Correspondí al apretón de manos que me
ofreció. Entonces superpuso la otra mano y me estrechó con firmeza con ambas.
Me miró fijamente con los ojos
humedecidos. Parecía embargado por una emoción tan profunda que estaba a punto
de echarse a llorar… como si incluso alguien como yo pudiera provocarle ese
sentimiento.
Justo en ese momento, Shinkiba-san
regresó.
Después de mirarnos el rostro a cada
uno, se volvió hacia Shizuma-san e hizo una leve reverencia. Empezó con un “en
esta ocasión…”, con una forma de hablar que parecía destinada a continuar con
palabras de condolencia, y el ambiente se volvió solemne y contenido.
La residencia de los Daiba albergaba un
gran estanque dentro de sus muros. Las ondulaciones blancas levantadas por las
carpas reflejaban la luz del atardecer y proyectaban la superficie del agua
sobre las paredes.
Aunque de estilo antiguo, el edificio
en sí era nuevo.
El dueño de esta gran mansión era un
hombre llamado Sahee Daiba, y Shizuma Daiba, quien nos había salido a recibir,
era su hijo.
El interior de la mansión tenía una
arquitectura que recordaba a la de un templo, y de pronto me vino a la mente la
historia de cómo los poderosos de la época de Kamakura mandaban erigir templos
familiares para su reposo espiritual.
TRADUCCIÓN: SAKURADA DI

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