Daivan #24 – 50%
Diablos, justo cuando estaba alcanzando
la Luger que llevaba en la cintura …
Se oyeron los ruidosos pasos de un
hombre corpulento corriendo, y luego, por la abertura de la persiana, irrumpió
la voz fuerte de Max.
Max: ¡Heeeeey! ¡¿Estás vivo, Gian?!
¡¿Qué fue esa explosión?! ¡¡Respondeeee, Giaaan!!
Gian: ¡Cállate! Cierto, Max. Ven un
momento, Bakshi.
Bakshi: Claro. Oh, por cierto … ¿qué
harás con esta princesa?
Bakshi levantaba con facilidad el
cuerpo de Rosalía —la pequeña figura de colores claros, que en el gris del
suelo de concreto parecía un pañuelo caído.
Iván: ¡! ¡Bastardo!
Iván rugió con furia, como si fuera a
explotar, pero Bakshi lo ignoró sin inmutarse. Se inclinó hacia Rosalía,
olfateó su rostro —a la altura de la nariz, como un perro rastreando un olor— y
sonrió.
Bakshi: Oh, oh ~ La obligaron a tomar
hidrato de cloral o algo así. Será una bella princesa durmiente por un tiempo.
Bakshi dijo entre risas... y luego
arrojó el cuerpo de la enana hacia Iván tan fácilmente como si fuera un
pañuelo.
Iván la atrapó rápidamente, y …
Iván: Oh, uh … ¡¿Huh?! B-Bastardo …
Gian: ¡Stronzo! Mierda, date
prisa y llévate a esa mocosa.
Iván: ¿Hah …? Gian, ¿qué diablos …?
Pero no le dije nada más a Iván.
Gian: ¡Max, por aquí! ¡Esas cajas
apiladas allí, carga todas en la camioneta, rápido!
Iván: ¡! Ah, bastardo … Kuh …
Max: ¡¿Haaaah?! ¡¿Qué significa eso?!
¡Maldita sea! ¿Cuánto más piensan explotarme, malditos bastardos? ¡Scheiße!
(esta es una palabra insultante en alemán, la cual puede interpretarse como
maldita sea, maldición, mierda)
Max refunfuñó, pero aun así se puso en
movimiento, trabajando mientras echaba un vistazo al exterior. Tal como le
había dicho, tomó las cajas del fondo del almacén...
Max: ¡Uh, guuhh! ¡Como pesan … kuhh!
¿Qué carajos es esto? ¿Contienen vacas o algo así? Mierda, ¿por qué siempre a
mi …?
Iván: ¡Fuck! Gian, tu …
Gian: Tienes cara de estar a punto de
quejarte, jaja. Tranquilo, no hay tiempo para llevarnos todo. Solo voy a tomar
prestados algunos de tus juguetitos.
Iván: Haz lo que quieras, joder.
Maldita sea. De todas formas, si vienen los policías o los de la banda aquí,
todo se va a ir al traste, ¡maldita sea!
Mientras Iván escupía esas palabras,
Max —tal como esperaba de él— cargaba cajas con las manos y los hombros, yendo
y viniendo entre el almacén y la camioneta.
Bakshi: ¿Nm? ¿Esta es una caja de
huevos? Hey, hombre guapo.
Iván: ¿Q-Qué quieres …?
Bakshi: Que bien para ti que tanto Gian
como yo seamos muy amables. No ataque para nada tu querido Mercedes estacionado
afuera. Toma.
Iván: ¡Uh, uwaa! ¡Fuck!
Iván atrapó con una mano las llaves del
coche que Bakshi había lanzado... mientras seguía sosteniendo en brazos el
pequeño cuerpo de Rosalía...
Iván: ¡Gian! ¡Mas te vale que recuerdes
esto!
Diciendo solo eso, Iván echó a correr
de golpe, intentando salir por la abertura rota del portón...
Bakshi: Haa …
Detrás de él... en la espalda de Iván,
que llevaba a la enana en brazos...
Bakshi, con una expresión aburrida,
apuntaba con el enorme cañón de doble cañón que había sacado de la funda.
Gian: ¡! ¡Oye, Bakshi!
Al oír mi voz… Bakshi me miró, sonrió
con picardía y, levantando la escopeta, apuntó el cañón hacia el techo.
Bakshi: Solo era una broma. De todos
modos, ya no tengo municiones. Es solo que, bueno …
Gian: Lo sé. Lo siento por lo de antes.
No estaba en mis sentidos.
Bakshi: Bueno, eso puede pasar. A fin
de cuentas, ere un ser humano.
Bakshi: De hecho … ¿no he crecido un
montón? Aguanté no mandar a volar a ese tipo, así que elógiame.
Gian: Jajaja, serás idiota. Solo
quieres ser mimando.
Bakshi: Vaya bajón me has dado… aun
así, esto parece que va a ser un asunto más complicado de lo que pensaba.
Bakshi guardó el arma en la cartuchera,
y siguiendo a Max, que corría cargando una gran caja de madera, levantó otra
aún más enorme —tan grande que resultaba impresionante— y avanzó.
Gian: Eso lo usaremos como un cartel.
¡Vamos!
Bakshi: Hey, Max. Entra de una vez en
el asiento del conductor.
Max: ¡Sí!
Max: ¡Mejor dicho, no me des ordenes!
Salimos arrastrándonos de aquel agujero
oscuro, lleno del hedor a sangre, vísceras, carne quemada y ácido sulfúrico…
Nosotros, que habíamos subido en la
camioneta de Max —que nos esperaba con el motor encendido— y con las cajas que
habíamos robado, atravesamos el callejón aún iluminado por las llamas rojizas y
oscuras de los autos que seguían ardiendo…
Bakshi: ¡Muy bien, hemos subido!
Max: ¡Súbete atrás también! ¡Esta muy
estrecho aquí!
Gian: ¡Max, ve recto por aquí! Cuando
salgas a la avenida, gira a la derecha... ¡y luego písale a fondo!
Max: ¡De acuerdo! ¡La parte trasera de
la camioneta está pesadísima...!
Desde la parte trasera de la camioneta
—estrecha por las cajas cargadas—, le grité con furia una orden a Max. Max, con
una destreza admirable, arrancó la camioneta.
Al principio, la camioneta avanzó
lentamente, como si fuera a calarse. Pero luego, tomando impulso, el vehículo
aceleró con firmeza; con un manejo cuidadoso del acelerador y las archas, dejó
atrás la escena de la tragedia.
………………………………………………………………………………………………………………………..
Desde el centro de Daivan hacia las
afueras… una pequeña estación de servicio situada en la carretera estatal que
va de Nueva Jersey hacia el estado de Delaware.
En medio de la oscuridad de la noche, aquel
establecimiento permanecía encendido solo por una lámpara solitaria. Allí,
completamente fuera de lugar, se hallaba un lujoso automóvil; un Mercedes
blanco, con su imponente carrocería detenida frente al local.
El dependiente, al ver aquel coche que
no parecía de un ciudadano común —y mucho menos al conductor, cubierto de
heridas y con un aspecto aún más sospechoso—, agarró rápidamente el billete de
diez dólares que este le había lanzado y desapareció por la parte trasera del
local.
El conductor de aquel coche, Iván
Fiore, echó una breve mirada hacia la pequeña figura que yacía en el asiento
trasero… y luego se dirigió al teléfono público de la gasolinera.
Iván introdujo una moneda de diez
centavos en la ranura del teléfono… y marcó —sin dudarlo— un número que jamás
había podido olvidar. Ese número era…
No era ninguno de los números que
usaban los del CR:5 para comunicarse. Tampoco pertenecía a su superior directo,
ni a su benefactora… la familia Cavalli, a la que pertenecía Rosalía.
Tras marcar ese número, el rostro de
Iván se tornó severo, y sus ojos se cerraron como en un gesto de oración.
Iván: Por favor, viejo …. Responde …
¡fuck!
Iván: ¿A caso no está ese viejo? Hoy es
el día en que la tienda está abierta ¡¿no?! ¡Fuck!
La llamada no conectó. El timbre había
sonado ya más de diez veces. En el rostro de Iván se reflejaban una amarga
decepción y creciente desesperación…
Iván: ¡Mierda …! ¡Viejo!
Vespucci: ¿Quién es …?
Al otro lado del teléfono, se escuchó
la voz de un hombre, como piedras frotándose entre sí.
Era un tono bajo, contenido, frío y vigilante.
Iván: ¡! ¡Oh, por dios! ¡Maldita sea,
joder! Pensé que no estabas. Soy yo. Vie- … ah, no, lo siento. Bueno …
Iván, que había estado hablando a toda
prisa como si explotara, de repente se detuvo.
Al recordar quién era su interlocutor, bajó la voz. Y esa voz… hizo que del
otro lado del teléfono estallara la tensión con un retardo explosivo.
Vespucci: ¡¿Iván?! ¡¿Eres Iván?! ¡¿Eres
tú?! ¡Serás inútil! ¡¿En dónde estás ahora?! ¿Por qué decidiste por tu cuenta
…?
El hombre al otro lado de la línea… su
voz era la de un anciano, sí, pero en ese tono —y en el cuerpo que la producía—
había un resorte grueso de acero templado escondido en el fondo.
Un anciano con una voz así, no era nadie
más que Anselmo Vespucci, un peso pesado en la junta directiva de CR:5 y
consejero que asistía al comité ejecutivo…
Vespucci: Cof, cof … ehm … Iván … me
sorprende que me hayas llamado.
Conteniendo la voz que se le había
escapado en un estallido por la llamada de Iván Fiore, quien había sido su
subordinado directo… después de carraspear suavemente, habló lentamente.
Habló con una voz baja y grave que
tranquilizó a Iván.
Vespucci: Perdona la espera. Estaba
haciendo que los clientes del local se retiraran. Ahora ya puedes contarme
todo.
Iván: M-Muchas gracias, consejero Don
Vespucci.
Vespucci: Hace un momento me llamaste
viejo, ¿no? Te alcancé a escuchar, bastardo. Bueno, como sea. Puedes hablarme
como sea, no me molesta.
Iván: Entendido …. Ah, no, de acuerdo.
Gracias, anciano. La situación en Daivan ahora ya no ….
Iván: No tengo a nadie de mi lado más
que usted, anciano… Y entonces, pues… Mierda, no sé ni por dónde empezar.
Vespucci: Tranquilízate, imbécil.
Entonces, déjame preguntar a mi primero. Iván, ¿estás bien?
Iván: Sí. Aparte de haber recibido una
paliza, estoy perfectamente bien.
Vespucci: Bien, la que sigue. Tú…
cuando saliste del lugar donde te tenían encerrado, no fue porque hayas
escapado… ¿verdad?
Iván: No. Si me hubiera quedado sentado
ahí como un buen chico… ¡Mierda! Ese cabrón de Bonavita …. ¡Fue él el que me
sacó de ahí y me llevó a otra parte…! ¡Y entonces, allí…!
Vespucci: Cálmate. Respira profundo
tres veces, para que pueda escucharte bien. Ya veo, ese bastardo… Entonces.
¿Qué pasó con Bonavita? Me sorprende que hayas podido escapar de él.
Iván: Ese asqueroso cerdo ya está
muerto. Y, bueno … el problema ahora es … ¡mierda!
Vespucci: Que te calmes. Aquí viene la
pregunta más importante …. Podría ser que …
Iván: Así es. Estoy con Rosalía. La
señorita está a salvo. Apuesto a que el viejo Cavalli debe estar muerto de la
preocupación.
Vespucci: ¡! ¡Ya veo, que bueno! ¡Ella
está a salvo! ¡¡Muy bien hecho, Iván!! ¿Entonces por qué no lo dijiste antes …?
Vespucci: Perdón. Yo también me exalté.
No es culpa de Cavalli… pero la junta directiva de ahora es como una manzana
podrida, devorada por gusanos venenosos.
Iván: Cierto … Si recurro al viejo
Cavalli ahora, esta vez lo arrastraría a él también…
Iván: No voy a poder volver a la
familia por un tiempo. Probablemente los únicos que creerían que no me escapé
serían ustedes dos … Y, además…
Iván: ¡Fuck! ¡Sería demasiado peligroso
regresar a Rosalía en estos momentos!
Vespucci: E-Es cierto … tienes razón
Iván. Me encargaré de comunicarle sobre esto a Cavalli. Iván, ¿puedes
protegerla tu solo? Si ….
Iván: Claro, me encargaré de proteger a
la pequeña. Por cierto, anciano, tengo un favor que pedirte.
Vespucci: ¿Cuál? ¿Dinero? ¿Un
escondite?
Iván: No. En este asunto se han metido
todos los malditos mafiosos de la costa este. Aunque mandes a la señorita a
huir a Nueva York o algo por el estilo… será en vano.
Vespucci: ¡Stronzo …! Lo siento.
Es responsabilidad de nuestra generación.
Iván: Dejemos esa conversación para
después. Por favor, anciano … háblame de los grandes lideres italianos.
Iván: El señor Pilota… ¿lo conoces,
verdad? ¿Crees que podrías hacerle llegar el mensaje a ese viejo ricachón?
Quiero hablar con él en persona.
Vespucci: ¡¿Has dicho Pilota?! Vaya,
soltaste, así como si nada el nombre de un pez gordísimo. No es que no pueda
hacerlo, pero… ¿qué piensas hacer?
Iván: Por favor. Tengo algo que decirle
algo a ese anciano. Dile que… aquel mocoso con el que compitió por el coche
aquella vez quiere hablar con él.
Iván: Dile que ese mocoso, el que puso
aquel Mercedes como pago …. Tiene un favor que pedirle.
Iván: Quiero que le transmitas ese
mensaje.
Vespucci: Ya veo … De acuerdo. Tengo
contactos con el Consejo de Ancianos; te lo comunicaré de inmediato.
Iván: Anciano, gracias.
Vespucci: Imbécil, no me des las
gracias. Cazzo. Es tan patético
que me dan ganas de llorar. Incluso a esta edad...
Vespucci: Iván … No puedo creer que
esto sea todo lo que puedo hacer por ti...
Al otro lado del auricular, la voz de
Vespucci… perdió de pronto toda fuerza, desvaneciéndose como la de un anciano
de verdad… pero, tan solo un instante después, aquella voz volvió enseguida.
Vespucci: No lo olvides. Protege a
Rosalía, aunque te cueste la vida. Pero Iván, tú también debes sobrevivir. Pase
lo que pase.
Iván: Lo haré sin necesidad de que me
lo digas. Además …
Vespucci: Voy a llamar ahora mismo al
señor Pilota. Dentro de diez minutos, llama al número que voy a darte.
Iván: Entendido, te lo encargo.
Al otro lado de la línea, Vespucci le
fue dictando lentamente el número de teléfono ultrasecreto de uno de los
mayores peces gordos. Iván lo escribió con un bolígrafo en el dorso de su mano
izquierda…
Iván: Entonces, gracias …. consigliere
(es un asesor o consejero de confianza, que en el contexto de la mafia es
la figura de mayor confianza del líder, el "Don")
Vespucci: No tengo idea que es lo que
vas hacer, pero … Te encargo mucho a Rosalía. Si algo le llegara a pasar a esa
niña, no podré detener a Cavalli.
Vespucci: Además … ¿qué planeas hacer
Iván?
Iván: Primero me asegurare de llevar a
un lugar seguro a la señorita, y luego … ¡Aaaah! ¡Fuck! ¡¡Ese bastardo ...!!
Vespucci: ¿Ese bastardo …?
Iván: Lo siento. Creo que es mejor que
sepas sobre esto. Ese chico …
Iván: Gian. Giancarlo sigue vivo. Ese
bastardo se encuentra ahora mismo en Daivan.
Vespucci: ¡! ¡¿Qué has dicho?! ¡¿Gian?!
¡¿Te refieres a ese Gian?! ¡¿Qué significa eso?! ¿No había muerto en la prisión
de Madison?
Iván: ¡Yo también pesaba que había
muerto! Pero no hay duda alguna, es él … Es Gian. Jajaja, ¡mierda!
Iván: Yo … otra vez … ¡fui salvado por
ese bastardo! ¡Mierda, joder …! ¡Maldita sea!
…………………………………………………………………………………………………………………………
Bakshi: ¡Hey ~! ¡Hemos vuelto!
Walther:
¡Ah, Bakshi-san, Gian-san! Me
alegro que hayan vuelto a salvo.
Teshikaga: Bienvenido,
Giancarlo-nishipa.
Gian: Sí. Walther, Teshikaga, gracias
por cuidar la base.
Gian: ¿Oh? Entraron aves.
Teshikaga: Ah, esas aves, son cuervos.
Lo siento por eso, pero no causaran problemas.
Bakshi: Oh, vaya … ¿son tus aves? Que
envidia ~ Y yo que no he visto a ningún gato por aquí.
Dentro del almacén estaban esos
idiotas… los cuatro chicos, rodeados de un montón de equipaje que había
aumentado, y herramientas que no reconocía.
Todos me miraron. Y luego... parecieron
aliviados.
Riccardo: Lo siento mucho, Gian-san.
Estaba ocupado organizando las tropas y comprando las herramientas que
necesitaremos aquí, y para cuando me di cuenta, se hizo tarde...
Gian: Ah, no. Esta bien. Pff, jajaja,
hasta ahora me tiemplan las piernas.
Regresamos a nuestro escondite recién
formado en el almacén problemático y mal diseñado.
Dentro del almacén, la tenue luz de
varias lámparas dibujaba círculos apagados. En el aire no flotaba el olor del
mar, sino el de óxido de hierro y aceite usado.
Riccardo: Bueno, ¿hubo un ataque en
algún lado?
Gian: Ese asunto ya terminó. Ah, por
cierto, ancia– digo, Riccardo. ¿Podrías ayudar a Max a descargar la carga?
Riccardo: Entendido. Max, ¿está la
carga en la camioneta de afuera?
Max: Sí, y hay bastante.
Max:
¡Hey! ¡Ustedes …! ¡Hey, hey, hey, hey! Soy
el mayor aquí, ¿sabes? No me hables así. ¡Hablame con respeto!
Max parece un poco molesto y Riccardo
se va sin decir una palabra...
Landolfo:
¡Cof, cof, cof! Ah, ah … ehm …¡Gian-san! M-Me
alegro que este bien … y bueno, pues …
Landolfo, con su buen traje de chico
elegante completamente arruinado, estaba metiendo una gran cuchara de madera
—como un remo metido en una enorme olla— y removiendo el contenido.
Gian: Oh, Landolfo. Buen trabajo. O
mejor dicho, ¿por qué te ves como si estuvieras a punto de llorar?
Landolfo: Ah, no … no me pasa nada. Y
bueno, pues … el caso del almacén, ehm … el hermano …
Walther: Oh, lo siento, Giancarlo-san.
Estábamos hablando de que si tal vez … esa información que te dimos fuera una
trampa... ¿qué deberíamos hacer?
Walther: Eso hizo que Landi se asustara
un poco. Así que él se sintió extremadamente aliviado al punto de llorar cuando
vio que ustedes volvieron a salvo.
Landolfo: ¡C-Cállate! ¡Nadie estaba
asustado! Es solo que … Gian-san … pues …
Landolfo: ¿No había algo sospecho en
aquel almacén …? ¿Realmente había algo …?
Gian: ¿Sospechoso? ¿Qué estás diciendo?
Más que sospechoso, lo que pasó ahí …
Gian: Para no hacer el cuento largo,
Iván está vivo. Aunque lo dejamos escapar. En fin, gracias por tu ayuda, te lo
agradezco. Es un gran logro para ti, chico guapo.
Landolfo: ¿¡Qué …!? E-Entonces …
Gian: Y además, ese almacén era un
depósito secreto de armas. Nos llevamos un buen botín. Jajaja, ahora mismo ese
Iván debe de estar … jajaja qué risa.
El muy desgraciado de Iván… ¿para qué
demonios estaba allí? Algunas de las posibilidades no tienen ninguna gracia…
pero aun así me río. Y entonces, con Landolfo al borde de las lágrimas…
Gian: Landolfo, si la próxima vez te
encuentras con Iván, dile: “Soy quien te salvó la vida”. Y te ríes diciéndole:
“Bien hecho metiendo la pata”.
Landolfo: ¡¿Eh …?! N-No …. Como haría
eso … ¿Eh? ¿Eh? ¿Salvador? ¿No lucho con él a muerte, Gian-san?
Gian: Claro que lo hice. Aunque al
final no logré matarlo.
Agité la mano para indicar que la
conversación había terminado y luego me dirigí hacia mi trono, ese viejo sofá
al fondo… y me senté.
Cuando el aire y los resortes del sofá
resonaron con un “bienvenido de vuelta”, pensé: ah, mierda… De repente me entró
un cansancio enorme de golpe.
Nm ….
¡Cazzo! Justo cuando pensé que algo me dolía…
Ahora que me doy cuenta… Me estaba
saliendo sangre de la mano. Seguramente, fue cuando estábamos en el almacén…
Quizás ocurrió cuando jugué al ser tarzán, seguramente me lastimé la palma de
la mano con la cadena.
La palma de la mano estaba hecha un
desastre, con sangre medio seca y la piel desgarrada. Cuando me di cuenta de la
herida, el dolor empieza a llegar poco a poco. Bakshi se inclina para mirar mi
mano.
TRADUCCIÓN: SAKURADA DI
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