Al recibir de repente una voz alegre, di un pequeño sobresalto. Él, por alguna razón, estaba lleno de energía y entusiasmo.
Shinkiba: - ¡Por favor, tráeme como
souvenir el sake local de Hachijōjima!
Shinkiba: - Estaba dudando entre
pedirte pescado seco o alga… ¿Crees que una botella de sake será muy pesada
para llevar?
Shinkiba: - Como eres fuerte, en ese
aspecto no creo que tengas de qué preocuparte.
Él volvió a sonreír suavemente.
Shinkiba: - ¿Qué sería un buen souvenir
para Shinagawa-kun? Como él todavía tiene 18 años, no puede tomar alcohol. Tal
vez algo clásico, como una postal.
Ōsaki: - ¿Postales? Yo no las querría.
Shinkiba: - ¿Eh?
Ōsaki: - Un paisaje rural de otra
persona que no tiene ningún significado especial para él… ¿sabe?
Shinkiba: - Yo sería feliz si me dieran
una.
Shinkiba: - Con las postales, lo
importante es 'de quién las recibes'.
Shinkiba: - Shinagawa-kun te admira; si
la postal es de tu parte, seguro que se pondrá muy feliz.
Ōsaki: - Admite entonces que las
postales no tienen mérito por sí mismas y dependen únicamente del valor
emocional que se les añada.
Shinkiba: - Lo admito.
¿Lo admite?
Shinkiba: - ¡Sin embargo! No debes
menospreciar los souvenirs que no tienen un significado especial.
Shinkiba: - Aunque sea algo que nadie
compraría, bueno, pero en el momento en que lo encuentras no puedes evitar
sonreír, ¿verdad?
Shinkiba: - El área de souvenirs
también es un lugar donde se venden recuerdos. Aunque sea solo uno, asegúrate
de disfrutarlo.
Ōsaki: - ¿Acaso ha estado murmurando
todo este tiempo porque estaba preocupado por el souvenir?
Shinkiba: - Sí.
Ōsaki: - ¿No era porque estaba pensando
en como evitar detenerme de ir?
Shinkiba: - Si sigo pensando solo en
cosas negativas, acabarán viéndome como un padre inútil que no confía en ti…
Ōsaki: - ……
Ōsaki: - No voy de viaje por diversión,
voy por trabajo …
Shinkiba: - ¡Oh! Es cierto.
Shinkiba: - Bueno, al menos trae
algunas historias de recuerdo para contar.
Para mí, eso es una tarea difícil.
El coche se detuvo en un callejón no
lejos del muelle de Uratake.
Shinkiba: - Está un poco lejos, pero…
¿está bien si te dejo aquí?
Shinkiba: - Si hubiera otros invitados
en el muelle y me vieran salir de mi coche, levantaría sospechas.
Ōsaki: - Si.
Después de bajar del asiento del
copiloto, me incliné y asomé el rostro por la ventana abierta.
Ōsaki: - Muchas gracias.
Shinkiba: - Y, además, lo había
olvidado. Toma estas 'pastillas para dormir'.
Me entrega un libro.
Ōsaki: - ¿Qué parte de pastillas para
dormir es esto?
Shinkiba: - Para ser precisos, son
somníferos.
Él lo dijo con total firmeza.
Quise guardar el libro en la bolsa,
pero en ese callejón sucio dudé en arrodillarme. Mientras yo dudaba sin saber
qué hacer, él señaló su propio "costado".
Así que lo coloqué bajo el brazo.
Entonces, también terminé con una estatura y postura parecidas a las de
Shinkiba-san de siempre. Al verlo, él volvió a reír.
Shinkiba: - Regresa con cuidado. Si
puedes usar el teléfono, llámame a la hora prevista.
Ōsaki: - Sí.
Ōsaki: - Entonces, me retiro.
Comencé a avanzar. Desde un callejón
oscuro y silencioso, hacia la luz deslumbrante del distrito animado.
Al girar en la esquina miré hacia
atrás, pero la luz reflejada en la ventana del vehículo no me dejaba ver qué
expresión tenía Shinkiba-san.
Así que decidí convencerme de que me
estaba despidiendo con una sonrisa. De ese modo podía mantenerme emocionalmente
estable.
Respondí con una leve inclinación de
cabeza, como devolviendo el gesto, y me apresuré hacia el muelle.
Cuenta con 4 camarotes de primera
especial, 17 de primera clase y segunda clase en alojamiento común tipo
dormitorio. El Kuroshio-maru es un gran buque de pasajeros con capacidad para
121 personas.
Sin hacer escala en las islas Izu,
navega hacia el sur por mar abierto durante toda la noche y llega a la isla de
Hachijō.
Según cuentan, el barco fue llamado
Kuroshio-maru porque navega montado en la corriente del Kuroshio.
Si sopla viento en contra, tarda 16
horas. Si sopla viento a favor, 13 horas, según me dijeron.
Gracias a las atenciones de
Shizuma-san, me habían asignado el camarote de categoría más alta, el de
primera especial. Aunque es considerado de primera clase dentro del barco, el
espacio para moverse no es más que de aproximadamente un tatami.
La lámpara no lograba iluminar todos
los rincones de la habitación; era apenas una luz tenue, como la de una vela.
Esa misma simplicidad, curiosamente, me
hizo sentir en paz.
El barco comenzó a deslizarse
lentamente. ¿Habrá escuchado también Shinkiba-san esta sirena?
De repente caí en la cuenta de que
llevaba el libro apretado bajo el brazo desde hacía rato.
Me senté en la cama con el libro y
recorrí su portada con la mirada.
El título era: ‘Y entonces no quedó
nadie’.
Nota: Se refiere a la novela de Agatha
Christie conocida en español como “Y no quedó ninguno” (título editorial
más usado).
Recordé que, hacia la primavera de este
año, Shinkiba-san lo estaba leyendo con mucha seriedad.
Diez personas reunidas en una isla
solitaria son atormentadas por una extraña voz que sale de un disco… al menos
esa parte inicial también la conocía.
Para empezar, no es algo que se le
daría a alguien que está a punto de ir a una isla aislada.
En segundo lugar, bajo ninguna
circunstancia debería regalarse una novela de asesinatos. Pero es un gesto muy
propio de Shinkiba-san, tan amante del misterio.
Me tumbé en la cama y empecé a
hojearlo.
Al llegar a la página 34, comenzó a
sonar el disco.
En la página 52, el alegre joven
Marston murió.
En la página 62, murió la sirvienta.
En la página 63, una mujer llamada Vera
sonrió.
En la página 64, desayunaron.
En la página 131 ….
Cerré el libro y los ojos, y a tientas
apagué la lámpara.
Tengo sueño. Estaba terriblemente
somnoliento.
No era que el contenido fuera aburrido;
simplemente, el aroma a Golden Bat impregnado en el libro me arrulló hasta
quedarme dormido.
Si no recuerdo mal, este libro me lo
dieron como somnífero…
No era un viaje de una sola vez.
Parecía que Shinkiba-san estaría a mi lado por medio de este libro.
………………………………………………………………………………………………….
En la noche. El barco se balanceaba
violentamente.
Empujado por el viento y crujiendo con
las olas; se sentía como un juguete de hojalata estrujado en las manos de un
niño.
A lo lejos se oyó el sonido de un
vidrio rompiéndose; seguramente alguien dejó olvidado un vaso sobre el buró.
Si abría los ojos, era oscuridad. Si
los cerraba, también era oscuridad.
Aunque el barco estuviera a punto de
hundirse, no entraba en pánico. Aunque lo arrojaran al mar, no lucharía. Aunque
no volviera a ver la luz del sol… la verdad, no le importaría…
No sentía miedo.
“Modesto” —esa era la palabra de
Shizuma-sam. “Ejemplar” —esa era la palabra de Shinkiba-san.
A veces me preguntaban cómo había
conseguido ese valor, pero yo siempre respondía de forma ambigua para salir del
paso.
Esto no es resistencia al miedo, sino
una carencia.
No podía hablar con franqueza con
nadie, para que no sospecharan que esta emoción tan plana era señal de falta de
vitalidad.
El que pudiera lanzarme “dolo eventual”
(a una malicia incierta) también se debía a esa forma de ser mía…
Me acurruqué y esperé en silencio a que
pasara la tormenta.
Simplemente permanecí completamente
inmóvil. Con tal de quedarme quieto y portarme bien, el amanecer llegaría sin
falta…
Al cabo de un rato, dejó de oírse la
lluvia golpeando la ventana.
El viento amainó. Las olas cesaron. El
barco se deslizaba sobre el mar impulsado solo por su propia propulsión.
La luz de la mañana iluminaba la
habitación.
En mi mano, el somnífero aún desprendía
su aroma.
De pronto miré al suelo y la maleta que
había dejado apoyada contra la pared estaba caída de lado. La recogí y, ya que
me puse de pie, aproveché para empezar a arreglarme.
22 de septiembre por la mañana.
Terminé de prepararme para desembarcar
antes de que sonara la sirena de llegada al puerto.
Cuando el barco atracó y salí hacia
afuera, me quedé atónito ante un paisaje inesperado.
Los treinta pasajeros, al parecer todos
los que iban a bordo, estaban alineados en la cubierta estrecha.
Más que nada, lo que me sorprendió fue
lo lejos que está el puerto. El barco sigue flotando mar adentro; espero que no
vayan a decirnos que nademos hasta allá…
Entonces, desde el lado del puerto se
acercó una embarcación pequeña.
Era una barcaza.
Se acercó remando hasta la escalerilla
lateral del barco y el barquero nos dijo “adelante” con su acento isleño.
Uno de los pasajeros se pasó sin
dificultad a la otra embarcación. Los que le siguieron tampoco dijeron ni una
queja ni pusieron objeciones…
Todos actuaban como si fuera lo más
normal del mundo; el único desconcertado era yo.
Como pensé que atracaríamos en el
puerto igual que cuando llegamos, este método de desembarco me hizo sentir por
fin que había dejado la capital.
Luego, cuando la barcaza alcanzó su
capacidad máxima, regresó una vez al puerto.
La próxima vez que la barcaza regrese…
será mi turno de subir.
Desconocido: - Disculpe …
Entonces, sin darme cuenta, un joven ya
estaba formado justo detrás de mí en la fila.
Desconocido: - ¿Sabía que el desembarco
iba a ser de esta forma…?
Ōsaki: - Seguramente no pueden entrar al puerto porque el
oleaje está alto. Que mala suerte.
En el puerto hay escalinatas adaptadas
a la marea, pero un barco grande como el Kuroshio-maru probablemente
encallaría.
No hay remedio; esto también es
consecuencia del mal tiempo de anoche.
El joven soltó un suspiro interminable.
De pronto, al mirar a sus pies, vi un
bolso de lona de cuero, grande y bien lleno, apoyado en el suelo. Seguramente
es de él.
Llevaba el brazo derecho en cabestrillo
con vendas, y hasta su mano izquierda libre se veía dolorosamente delgada.
Ōsaki: - Le ayudaré. ¿Este es todo su
equipaje?
Desconocido: - ¿Eh? Pero …
Al intentar levantarlo, pesaba
bastante.
Desconocido: - Lo siento mucho por eso.
Debe de pesar mucho.
Parecía llevar ropa para dos o tres
días.
Cuando lo levanté sin esfuerzo para
mostrárselo, él sonrió incluso en medio de su cansancio.
Dentro de poco, la barcaza regresará.
Salté sin dificultad hasta la orilla de
enfrente.
La barcaza era resistente; aunque se
sumara mi peso, no cambiaba nada. Pensé que, al final, las cosas saldrían como
tuvieran que salir.
Después de dejar el equipaje, me volví
hacia el joven.
Ahora era su turno de bajar.
Aunque fuera una escalerilla, la
inclinación era pronunciada y los apoyos para los pies eran estrechos; más que
una escalera, parecía una vieja escalera de mano.
Como no podía usar la mano derecha,
estaba poniendo toda su fuerza en la única mano con la que se aferraba al
pasamanos.
Extendí el brazo hacia él.
Comparó con la mirada mi brazo y el mar
justo debajo, y negó con la cabeza en pequeños movimientos.
Desconocido: - ¡Q-Quizás no pueda …!
Desconocido: - Ah, no puedo. ¡No puedo
hacerlo! Perdón, lo siento… me quedaré a bordo y regresaré así…
Quedarse ahí de todos modos es
peligroso.
Ōsaki: - Despacio. Primero, pon el pie
izquierdo de este lado.
Le hablé en voz baja y tranquila.
Hice que su mente alterada, su
atención, se concentraran en mí.
Obedeció dócilmente mis palabras.
Extendió la pierna al máximo y pasó por
encima del mar de un paso.
Así es. Muy bien …
Desconocido: - ¡¿Wohh?! ¡Waah!
En ese momento, una ola pasó entre las
dos embarcaciones… y él perdió el equilibrio de forma aparatosa.
Al instante, tiré de su brazo.
Instintivamente, le agarré el cinturón.
Atraigo su centro de gravedad hacia mí.
Con cautela, él abrió los ojos.
Al atraerlo hacia mí, a través del
contacto de nuestros cuerpos pude sentir el latido violento de su corazón.
A salvo, lograron pasar a la otra
embarcación… y cuando comprendieron que lo habían conseguido, ambos dejaron
escapar profundos suspiros una y otra vez.
Desconocido: - ¡Me he salvado …!
Desconocido: - ¡! ¿Se lastimo en alguna
parte? ¡Lo siento mucho, salté sin pensarlo!
Ōsaki: - …….
De su voz emana un dulce aroma a
caramelo.
Aún no está enturbiado por la saliva;
es el aroma crudo y fresco del azúcar. Seguramente lo había tenido en la boca
hasta hace apenas un momento.
Cerré los ojos, contuve la respiración
y aparté mi atención de ese aroma.
Solo el caramelo, incluso ahora, no
puedo aceptarlo de ninguna manera.
Y así, la barcaza parte, llevando al
último pasajero.
Él abraza su bolso con cuidado y se
acomoda el flequillo que ondea al viento detrás de la oreja.
Al volverse para mirar al Kuroshio-maru,
habló con el aire de quien ha logrado escapar de una fiera.
Desconocido: - Fue una tormenta
terrible; hasta pensé que podríamos hundirnos… ni siquiera pude dormir por la
noche.
Ōsaki: - ¿Así de fuerte estuvo?
Desconocido: - Sí, en la cabina de
segunda clase, en el fondo del barco, aquello fue realmente…
Desconocido: - Como no lo vi por allí,
¿en qué habitación estaba usted?
Ōsaki: - En una habitación especial.
Desconocido: - Reservó con mucha
anticipación, ¿verdad? Yo me retrasé y, cuando llegó el día, ya solo quedaban
cabinas de segunda clase…
Desconocido: - ¿Está acostumbrado a los
barcos?
Ōsaki: - Es la primera vez que subo a
uno.
Desconocido: - ¿Y qué hay de los
mareos?
Ōsaki: - Para nada.
Desconocido: - Qué fuerte eres, te
envidio… yo todavía estoy mareado…
Y así, se acercan al muelle.
Entre la nave y tierra firme se tendió
una pasarela de madera. Aquí también fue como caminar por la cuerda floja.
Primero lo dejé pasar con las manos
vacías, y yo cargué también con su equipaje.
Cuando por fin logramos cruzar sin
problemas, antes que la emoción de haber desembarcado, lo que primero me
desconcertó fue la extraña sensación del suelo firme.
Después de haber estado tanto tiempo
sobre las olas, todavía tengo la ilusión de que sigo balanceándome…
Ya eran las 6:00 am.
Llegamos antes de lo previsto al puerto
Yaene de Hachijōjima.
Como la hora del desembarco depende del
viento, tampoco hay nadie que venga a recibir a los demás pasajeros.
Mientras todos empezaban a marcharse en
distintas direcciones, solo el joven y yo permanecíamos al final del muelle.
Desconocido: - Desde Tokio hasta
Hachijōjima, se puede llegar en una sola travesía, en apenas una noche,
¿verdad?
Desconocido: - No puedo creer que hasta
ayer estuviera en la ciudad. Aquí también es, en cierto modo, Tokio… aunque
estemos en Hachijōjima.
Ōsaki: - Ahora mismo, en Hachijōjima se
están impulsando proyectos de desarrollo turístico. Al parecer, aspiran a
convertirla en un nuevo destino de recreo.
Desconocido: - Está usted muy bien
informado. No parece ser de aquí… ¿acaso viene por negocios?
Ōsaki: - No.
Desconocido: - Entonces… ¿es por el
servicio conmemorativo (funeral)?
Ōsaki: - …….
Ōsaki: - Sí.
Desconocido: - La verdad es que a mí
también me han invitado al tercer aniversario luctuoso. De una persona llamada
Ōe…
Lo dijo como si estuviera confirmando
un nombre que le resultaba familiar.
En los alrededores casi no había
lugares donde celebrar funerales; si se trataba de dos hombres vestidos de
etiqueta formal, en la mayoría de los casos se podía deducir fácilmente hacia
dónde se dirigían.
Ōsaki: - Lo mismo digo.
Desconocido: - ¡Lo sabía! ¡Vaya
coincidencia!
Probablemente se sentía inseguro en una
tierra desconocida; al encontrarse con alguien que viajaba con él, sonrió de
manera más relajada y amistosa.
Si se tratara de un funeral, incluso
sonreír así haría que uno se sintiera cohibido; pero cuando se trata del tercer
aniversario luctuoso, la forma de recordar al difunto varía según cada persona.
Así como yo expreso mis sentimientos
sinceros hacia mi abuela visitando su tumba, si uno encuentra su propia manera
de recordarla, la tristeza es algo que con el tiempo puede llegar a domarse.
Ariake: - Me llamo Ariake. ¿Y usted?
Ariake … Por un instante, hojeé el
cuaderno que tenía en mi mente.
Según creo, entre los conocidos de
Daiba Sahee que Shizuma-san pudiera saber o recordar, no figuraba ese nombre.
Ōsaki: - Mucho gusto, soy Daiba.
Ariake: - Daiba-san …
Ariake: - Mañana, en la ceremonia
conmemorativa, le encargo también su apoyo. Muchas gracias de antemano.
No hubo ninguna sensación extraña al
intercambiar nuestros nombres. Si al oír “Daiba” hubiera fruncido el ceño, ya
tenía preparada otra excusa.
A juzgar por esa suave sonrisa, parece
que todo pasó sin inconvenientes.
Ariake-san volvió la mirada hacia el
mar.
A lo lejos, se perfila la silueta
triangular de una isla flotando en el horizonte.
Ariake: - Esa debe de ser la isla
Ōejima.
Ōsaki: - …….
Esa isla solitaria que flota a cinco
millas náuticas de distancia.
La isla se veía tenuemente envuelta en
bruma, con una irrealidad casi como si se estuviera contemplando otro mundo.
Mientras yo seguía absorto contemplando
la isla, Ariake-san alzó la vista hacia el sol, como si le deslumbrara.
Y luego murmuró, como si estuviera
completamente desconcertado.
Ariake: - Me dijeron que, para cruzar a
la isla, debía contactar con Komise-san, pero… es muy temprano. ¿Qué hacemos?…
Ōsaki: - ¿Komise-san?
Ariake: - Es el barquero. ¿Eh? ¿No
venía escrito en la invitación?
Ōsaki: - Sobre eso, hay algo que me
gustaría preguntarle.
Ariake: - ¿Será largo?
Ōsaki: - Bastante.
Ariake: - Entonces, ¿qué le parece si
mejor buscamos un lugar para desayunar?
Señaló el comedor que estaba justo
cerca.
Yo no suelo tener la costumbre de
desayunar. Podría haberme sentado a esperar en el puerto hasta que apareciera
ese tal Komise-san, pero…
Al volver a mirar a mi lado una vez
más, él tenía los ojos brillando.
Ariake: - ¡¿Qué le parece?!
Ōsaki: - Hagamos eso.
Así que no me quedó más remedio que
aceptar.
TRADUCCIÓN: SAKURADA DI


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