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sábado, 27 de junio de 2026

Ooe (Ruta Común) #04

Al recibir de repente una voz alegre, di un pequeño sobresalto. Él, por alguna razón, estaba lleno de energía y entusiasmo.

Shinkiba: - ¡Por favor, tráeme como souvenir el sake local de Hachijōjima!

Shinkiba: - Estaba dudando entre pedirte pescado seco o alga… ¿Crees que una botella de sake será muy pesada para llevar?

Shinkiba: - Como eres fuerte, en ese aspecto no creo que tengas de qué preocuparte.

Él volvió a sonreír suavemente.

Shinkiba: - ¿Qué sería un buen souvenir para Shinagawa-kun? Como él todavía tiene 18 años, no puede tomar alcohol. Tal vez algo clásico, como una postal.

Ōsaki: - ¿Postales? Yo no las querría.

Shinkiba: - ¿Eh?

Ōsaki: - Un paisaje rural de otra persona que no tiene ningún significado especial para él… ¿sabe?

Shinkiba: - Yo sería feliz si me dieran una.

Shinkiba: - Con las postales, lo importante es 'de quién las recibes'.

Shinkiba: - Shinagawa-kun te admira; si la postal es de tu parte, seguro que se pondrá muy feliz.

Ōsaki: - Admite entonces que las postales no tienen mérito por sí mismas y dependen únicamente del valor emocional que se les añada.

Shinkiba: - Lo admito.

¿Lo admite?

Shinkiba: - ¡Sin embargo! No debes menospreciar los souvenirs que no tienen un significado especial.

Shinkiba: - Aunque sea algo que nadie compraría, bueno, pero en el momento en que lo encuentras no puedes evitar sonreír, ¿verdad?

Shinkiba: - El área de souvenirs también es un lugar donde se venden recuerdos. Aunque sea solo uno, asegúrate de disfrutarlo.

Ōsaki: - ¿Acaso ha estado murmurando todo este tiempo porque estaba preocupado por el souvenir?

Shinkiba: - Sí.

Ōsaki: - ¿No era porque estaba pensando en como evitar detenerme de ir?

Shinkiba: - Si sigo pensando solo en cosas negativas, acabarán viéndome como un padre inútil que no confía en ti…

Ōsaki: - ……

Ōsaki: - No voy de viaje por diversión, voy por trabajo …

Shinkiba: - ¡Oh! Es cierto.

Shinkiba: - Bueno, al menos trae algunas historias de recuerdo para contar.

Para mí, eso es una tarea difícil.

El coche se detuvo en un callejón no lejos del muelle de Uratake.

Shinkiba: - Está un poco lejos, pero… ¿está bien si te dejo aquí?

Shinkiba: - Si hubiera otros invitados en el muelle y me vieran salir de mi coche, levantaría sospechas.

Ōsaki: - Si.

Después de bajar del asiento del copiloto, me incliné y asomé el rostro por la ventana abierta.

Ōsaki: - Muchas gracias.

Shinkiba: - Y, además, lo había olvidado. Toma estas 'pastillas para dormir'.

Me entrega un libro.

Ōsaki: - ¿Qué parte de pastillas para dormir es esto?

Shinkiba: - Para ser precisos, son somníferos.

Él lo dijo con total firmeza.

Quise guardar el libro en la bolsa, pero en ese callejón sucio dudé en arrodillarme. Mientras yo dudaba sin saber qué hacer, él señaló su propio "costado".

Así que lo coloqué bajo el brazo. Entonces, también terminé con una estatura y postura parecidas a las de Shinkiba-san de siempre. Al verlo, él volvió a reír.

Shinkiba: - Regresa con cuidado. Si puedes usar el teléfono, llámame a la hora prevista.

Ōsaki: - Sí.

Ōsaki: - Entonces, me retiro.


Comencé a avanzar. Desde un callejón oscuro y silencioso, hacia la luz deslumbrante del distrito animado.

Al girar en la esquina miré hacia atrás, pero la luz reflejada en la ventana del vehículo no me dejaba ver qué expresión tenía Shinkiba-san.

Así que decidí convencerme de que me estaba despidiendo con una sonrisa. De ese modo podía mantenerme emocionalmente estable.

Respondí con una leve inclinación de cabeza, como devolviendo el gesto, y me apresuré hacia el muelle.

Cuenta con 4 camarotes de primera especial, 17 de primera clase y segunda clase en alojamiento común tipo dormitorio. El Kuroshio-maru es un gran buque de pasajeros con capacidad para 121 personas.

Sin hacer escala en las islas Izu, navega hacia el sur por mar abierto durante toda la noche y llega a la isla de Hachijō.

Según cuentan, el barco fue llamado Kuroshio-maru porque navega montado en la corriente del Kuroshio.

Si sopla viento en contra, tarda 16 horas. Si sopla viento a favor, 13 horas, según me dijeron.

Gracias a las atenciones de Shizuma-san, me habían asignado el camarote de categoría más alta, el de primera especial. Aunque es considerado de primera clase dentro del barco, el espacio para moverse no es más que de aproximadamente un tatami.

La lámpara no lograba iluminar todos los rincones de la habitación; era apenas una luz tenue, como la de una vela.

Esa misma simplicidad, curiosamente, me hizo sentir en paz.

El barco comenzó a deslizarse lentamente. ¿Habrá escuchado también Shinkiba-san esta sirena?

De repente caí en la cuenta de que llevaba el libro apretado bajo el brazo desde hacía rato.

Me senté en la cama con el libro y recorrí su portada con la mirada.

El título era: ‘Y entonces no quedó nadie’.

Nota: Se refiere a la novela de Agatha Christie conocida en español como “Y no quedó ninguno” (título editorial más usado).

Recordé que, hacia la primavera de este año, Shinkiba-san lo estaba leyendo con mucha seriedad.

Diez personas reunidas en una isla solitaria son atormentadas por una extraña voz que sale de un disco… al menos esa parte inicial también la conocía.

Para empezar, no es algo que se le daría a alguien que está a punto de ir a una isla aislada.

En segundo lugar, bajo ninguna circunstancia debería regalarse una novela de asesinatos. Pero es un gesto muy propio de Shinkiba-san, tan amante del misterio.

Me tumbé en la cama y empecé a hojearlo.

Al llegar a la página 34, comenzó a sonar el disco.

En la página 52, el alegre joven Marston murió.

En la página 62, murió la sirvienta.

En la página 63, una mujer llamada Vera sonrió.

En la página 64, desayunaron.

En la página 131 ….

Cerré el libro y los ojos, y a tientas apagué la lámpara.

Tengo sueño. Estaba terriblemente somnoliento.


No era que el contenido fuera aburrido; simplemente, el aroma a Golden Bat impregnado en el libro me arrulló hasta quedarme dormido.

Si no recuerdo mal, este libro me lo dieron como somnífero…

No era un viaje de una sola vez. Parecía que Shinkiba-san estaría a mi lado por medio de este libro.

………………………………………………………………………………………………….

En la noche. El barco se balanceaba violentamente.

Empujado por el viento y crujiendo con las olas; se sentía como un juguete de hojalata estrujado en las manos de un niño.

A lo lejos se oyó el sonido de un vidrio rompiéndose; seguramente alguien dejó olvidado un vaso sobre el buró.

Si abría los ojos, era oscuridad. Si los cerraba, también era oscuridad.

Aunque el barco estuviera a punto de hundirse, no entraba en pánico. Aunque lo arrojaran al mar, no lucharía. Aunque no volviera a ver la luz del sol… la verdad, no le importaría…

No sentía miedo.

“Modesto” —esa era la palabra de Shizuma-sam. “Ejemplar” —esa era la palabra de Shinkiba-san.

A veces me preguntaban cómo había conseguido ese valor, pero yo siempre respondía de forma ambigua para salir del paso.

Esto no es resistencia al miedo, sino una carencia.

No podía hablar con franqueza con nadie, para que no sospecharan que esta emoción tan plana era señal de falta de vitalidad.

El que pudiera lanzarme “dolo eventual” (a una malicia incierta) también se debía a esa forma de ser mía…

Me acurruqué y esperé en silencio a que pasara la tormenta.

Simplemente permanecí completamente inmóvil. Con tal de quedarme quieto y portarme bien, el amanecer llegaría sin falta…

Al cabo de un rato, dejó de oírse la lluvia golpeando la ventana.

El viento amainó. Las olas cesaron. El barco se deslizaba sobre el mar impulsado solo por su propia propulsión.

La luz de la mañana iluminaba la habitación.

En mi mano, el somnífero aún desprendía su aroma.

De pronto miré al suelo y la maleta que había dejado apoyada contra la pared estaba caída de lado. La recogí y, ya que me puse de pie, aproveché para empezar a arreglarme.

22 de septiembre por la mañana.

Terminé de prepararme para desembarcar antes de que sonara la sirena de llegada al puerto.

Cuando el barco atracó y salí hacia afuera, me quedé atónito ante un paisaje inesperado.

Los treinta pasajeros, al parecer todos los que iban a bordo, estaban alineados en la cubierta estrecha.

Más que nada, lo que me sorprendió fue lo lejos que está el puerto. El barco sigue flotando mar adentro; espero que no vayan a decirnos que nademos hasta allá…

Entonces, desde el lado del puerto se acercó una embarcación pequeña.

Era una barcaza.

Se acercó remando hasta la escalerilla lateral del barco y el barquero nos dijo “adelante” con su acento isleño.

Uno de los pasajeros se pasó sin dificultad a la otra embarcación. Los que le siguieron tampoco dijeron ni una queja ni pusieron objeciones…

Todos actuaban como si fuera lo más normal del mundo; el único desconcertado era yo.

Como pensé que atracaríamos en el puerto igual que cuando llegamos, este método de desembarco me hizo sentir por fin que había dejado la capital.

Luego, cuando la barcaza alcanzó su capacidad máxima, regresó una vez al puerto.

La próxima vez que la barcaza regrese… será mi turno de subir.

Desconocido: - Disculpe …

Entonces, sin darme cuenta, un joven ya estaba formado justo detrás de mí en la fila.

Desconocido: - ¿Sabía que el desembarco iba a ser de esta forma…?

Ōsaki: - Seguramente no pueden entrar al puerto porque el oleaje está alto. Que mala suerte.

En el puerto hay escalinatas adaptadas a la marea, pero un barco grande como el Kuroshio-maru probablemente encallaría.

No hay remedio; esto también es consecuencia del mal tiempo de anoche.

El joven soltó un suspiro interminable.

De pronto, al mirar a sus pies, vi un bolso de lona de cuero, grande y bien lleno, apoyado en el suelo. Seguramente es de él.

Llevaba el brazo derecho en cabestrillo con vendas, y hasta su mano izquierda libre se veía dolorosamente delgada.

Ōsaki: - Le ayudaré. ¿Este es todo su equipaje?

Desconocido: - ¿Eh? Pero …

Al intentar levantarlo, pesaba bastante.

Desconocido: - Lo siento mucho por eso. Debe de pesar mucho.

Parecía llevar ropa para dos o tres días.

Cuando lo levanté sin esfuerzo para mostrárselo, él sonrió incluso en medio de su cansancio.

Dentro de poco, la barcaza regresará.

Salté sin dificultad hasta la orilla de enfrente.

La barcaza era resistente; aunque se sumara mi peso, no cambiaba nada. Pensé que, al final, las cosas saldrían como tuvieran que salir.

Después de dejar el equipaje, me volví hacia el joven.

Ahora era su turno de bajar.

Aunque fuera una escalerilla, la inclinación era pronunciada y los apoyos para los pies eran estrechos; más que una escalera, parecía una vieja escalera de mano.

Como no podía usar la mano derecha, estaba poniendo toda su fuerza en la única mano con la que se aferraba al pasamanos.

Extendí el brazo hacia él.

Comparó con la mirada mi brazo y el mar justo debajo, y negó con la cabeza en pequeños movimientos.

Desconocido: - ¡Q-Quizás no pueda …!

Desconocido: - Ah, no puedo. ¡No puedo hacerlo! Perdón, lo siento… me quedaré a bordo y regresaré así…

Quedarse ahí de todos modos es peligroso.

Ōsaki: - Despacio. Primero, pon el pie izquierdo de este lado.

Le hablé en voz baja y tranquila.

Hice que su mente alterada, su atención, se concentraran en mí.

Obedeció dócilmente mis palabras.

Extendió la pierna al máximo y pasó por encima del mar de un paso.

Así es. Muy bien …

Desconocido: - ¡¿Wohh?! ¡Waah!

En ese momento, una ola pasó entre las dos embarcaciones… y él perdió el equilibrio de forma aparatosa.

Al instante, tiré de su brazo.

Instintivamente, le agarré el cinturón.

Atraigo su centro de gravedad hacia mí.

Con cautela, él abrió los ojos.

Al atraerlo hacia mí, a través del contacto de nuestros cuerpos pude sentir el latido violento de su corazón.

A salvo, lograron pasar a la otra embarcación… y cuando comprendieron que lo habían conseguido, ambos dejaron escapar profundos suspiros una y otra vez.

Desconocido: - ¡Me he salvado …!

Desconocido: - ¡! ¿Se lastimo en alguna parte? ¡Lo siento mucho, salté sin pensarlo!


Ōsaki: - …….

De su voz emana un dulce aroma a caramelo.

Aún no está enturbiado por la saliva; es el aroma crudo y fresco del azúcar. Seguramente lo había tenido en la boca hasta hace apenas un momento.

Cerré los ojos, contuve la respiración y aparté mi atención de ese aroma.

Solo el caramelo, incluso ahora, no puedo aceptarlo de ninguna manera.

Y así, la barcaza parte, llevando al último pasajero.

Él abraza su bolso con cuidado y se acomoda el flequillo que ondea al viento detrás de la oreja.

Al volverse para mirar al Kuroshio-maru, habló con el aire de quien ha logrado escapar de una fiera.

Desconocido: - Fue una tormenta terrible; hasta pensé que podríamos hundirnos… ni siquiera pude dormir por la noche.

Ōsaki: - ¿Así de fuerte estuvo?

Desconocido: - Sí, en la cabina de segunda clase, en el fondo del barco, aquello fue realmente…

Desconocido: - Como no lo vi por allí, ¿en qué habitación estaba usted?

Ōsaki: - En una habitación especial.

Desconocido: - Reservó con mucha anticipación, ¿verdad? Yo me retrasé y, cuando llegó el día, ya solo quedaban cabinas de segunda clase…

Desconocido: - ¿Está acostumbrado a los barcos?

Ōsaki: - Es la primera vez que subo a uno.

Desconocido: - ¿Y qué hay de los mareos?

Ōsaki: - Para nada.

Desconocido: - Qué fuerte eres, te envidio… yo todavía estoy mareado…

Y así, se acercan al muelle.

Entre la nave y tierra firme se tendió una pasarela de madera. Aquí también fue como caminar por la cuerda floja.

Primero lo dejé pasar con las manos vacías, y yo cargué también con su equipaje.

Cuando por fin logramos cruzar sin problemas, antes que la emoción de haber desembarcado, lo que primero me desconcertó fue la extraña sensación del suelo firme.

Después de haber estado tanto tiempo sobre las olas, todavía tengo la ilusión de que sigo balanceándome…

Ya eran las 6:00 am.

Llegamos antes de lo previsto al puerto Yaene de Hachijōjima.

Como la hora del desembarco depende del viento, tampoco hay nadie que venga a recibir a los demás pasajeros.

Mientras todos empezaban a marcharse en distintas direcciones, solo el joven y yo permanecíamos al final del muelle.

Desconocido: - Desde Tokio hasta Hachijōjima, se puede llegar en una sola travesía, en apenas una noche, ¿verdad?

Desconocido: - No puedo creer que hasta ayer estuviera en la ciudad. Aquí también es, en cierto modo, Tokio… aunque estemos en Hachijōjima.

Ōsaki: - Ahora mismo, en Hachijōjima se están impulsando proyectos de desarrollo turístico. Al parecer, aspiran a convertirla en un nuevo destino de recreo.

Desconocido: - Está usted muy bien informado. No parece ser de aquí… ¿acaso viene por negocios?

Ōsaki: - No.

Desconocido: - Entonces… ¿es por el servicio conmemorativo (funeral)?

Ōsaki: - …….

Ōsaki: - Sí.

Desconocido: - La verdad es que a mí también me han invitado al tercer aniversario luctuoso. De una persona llamada Ōe…

Lo dijo como si estuviera confirmando un nombre que le resultaba familiar.

En los alrededores casi no había lugares donde celebrar funerales; si se trataba de dos hombres vestidos de etiqueta formal, en la mayoría de los casos se podía deducir fácilmente hacia dónde se dirigían.

Ōsaki: - Lo mismo digo.

Desconocido: - ¡Lo sabía! ¡Vaya coincidencia!

Probablemente se sentía inseguro en una tierra desconocida; al encontrarse con alguien que viajaba con él, sonrió de manera más relajada y amistosa.

Si se tratara de un funeral, incluso sonreír así haría que uno se sintiera cohibido; pero cuando se trata del tercer aniversario luctuoso, la forma de recordar al difunto varía según cada persona.

Así como yo expreso mis sentimientos sinceros hacia mi abuela visitando su tumba, si uno encuentra su propia manera de recordarla, la tristeza es algo que con el tiempo puede llegar a domarse.

Ariake: - Me llamo Ariake. ¿Y usted?

Ariake … Por un instante, hojeé el cuaderno que tenía en mi mente.

Según creo, entre los conocidos de Daiba Sahee que Shizuma-san pudiera saber o recordar, no figuraba ese nombre.

Ōsaki: - Mucho gusto, soy Daiba.

Ariake: - Daiba-san …

Ariake: - Mañana, en la ceremonia conmemorativa, le encargo también su apoyo. Muchas gracias de antemano.

No hubo ninguna sensación extraña al intercambiar nuestros nombres. Si al oír “Daiba” hubiera fruncido el ceño, ya tenía preparada otra excusa.

A juzgar por esa suave sonrisa, parece que todo pasó sin inconvenientes.

Ariake-san volvió la mirada hacia el mar.

A lo lejos, se perfila la silueta triangular de una isla flotando en el horizonte.

Ariake: - Esa debe de ser la isla Ōejima.

Ōsaki: - …….

Esa isla solitaria que flota a cinco millas náuticas de distancia.

La isla se veía tenuemente envuelta en bruma, con una irrealidad casi como si se estuviera contemplando otro mundo.

Mientras yo seguía absorto contemplando la isla, Ariake-san alzó la vista hacia el sol, como si le deslumbrara.

Y luego murmuró, como si estuviera completamente desconcertado.

Ariake: - Me dijeron que, para cruzar a la isla, debía contactar con Komise-san, pero… es muy temprano. ¿Qué hacemos?…

Ōsaki: - ¿Komise-san?

Ariake: - Es el barquero. ¿Eh? ¿No venía escrito en la invitación?

Ōsaki: - Sobre eso, hay algo que me gustaría preguntarle.

Ariake: - ¿Será largo?

Ōsaki: - Bastante.

Ariake: - Entonces, ¿qué le parece si mejor buscamos un lugar para desayunar?

Señaló el comedor que estaba justo cerca.

Yo no suelo tener la costumbre de desayunar. Podría haberme sentado a esperar en el puerto hasta que apareciera ese tal Komise-san, pero…

Al volver a mirar a mi lado una vez más, él tenía los ojos brillando.

Ariake: - ¡¿Qué le parece?!

Ōsaki: - Hagamos eso.

Así que no me quedó más remedio que aceptar.

TRADUCCIÓN: SAKURADA DI





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